Coño gordo estoy limpio. No tengo
ni pa’ una guarapita. Otra vez tu cumpleaños me encontró con los bolsillos
vacíos. Creo que en mi cartera se consolida, gobierno tras gobierno, el hábito
de pelar bolas. Ah si, ya me vas a venir con aquello de que mi amistad es
suficiente regalo. Nos joda gordo, no me vengas con vainas, tú para tomar curda
celebras hasta por que se le haya quitado la lechina a algún vecino, o te
auto-proclamas padrino de los perritos callejeros recién nacidos… El año pasado
lo festejamos con un par de birras y una bolsa de plátanos fritos para los dos,
porque tampoco teníamos reales, tuvimos que esperar la quincena siguiente para
desquitarnos esa en el Choy
Nang del centro comercial
Propatria: lumpias, arroz frito con camarones y birras por montón. Pero esta
vez no me alcanza ni pa’ una carterita de anís.
Me hubiese gustado que nos fuéramos
por ahí con las muchachas. Tal vez pudimos celebrarlo en el Junquito. Compraría
un kilo de cochino frito con sus morcillitas y después, a manera de torta, unos
golfeados con queso de mano. ¿Que qué? ¿Exagero? ¡Debe ser que tu cumpleaños no
se merece un buen agasajo! Hasta unas cachapas bien resueltas y una botella de
brandy habría pedido… Si supieras hermano, como siempre me dices que
experimente escribir versos porque según tú tengo “alma de poeta”, al pensar en
tu día hasta lírico me he puesto. Como un regalo para ti, hoy he estado
escribiendo un poema, se llama Códice
del hombre errante. Estuve tentado a escribir otro que titularía Preguntas al bello durmiente,
pero sé que te ibas a arrechar, y hoy no es día para que andes de mal ánimo. No
creo que te lo entregue, gordo. De repente te lo leo más tarde, además no sé si
está bien rimado y tú eres muy quisquilloso con eso. Mejor me invento otra
cosa. Tiene que ser un regalo de esos que no precisan de envoltorios, ni tarjetas
con el pavoso mensaje “Feliz cumpleaños” en letras góticas doradas. ¿Qué puede
ser hermano? Si, ya sé que no me vas a responder, cada vez me cuesta más
conversar contigo. ¡Ah! Listo, ya lo tengo, te voy a regalar un secreto.
Fue hace tres años. Empezaban las
vacaciones escolares y quisimos que los chamos del Barrio conocieran el Ávila.
Debes recordar que reunir la plata para cubrir los gastos supuso un esfuerzo
enorme. Como a nueve o diez carajitos les daban permiso pero no dinero, y a
otros les daban menos de la contribución que pedíamos. El tiempo pasaba y ya no
sabíamos a quien pedirle prestado. Siempre te dije que en medio de la angustia
inventé un conjuro para encontrar los reales. Esa fue mi evasiva para ocultarte
la realidad. Nunca te dije de qué yerbas estaban hechas mis palabras ¡Ah bueno!
¿Ahora me vas a insultar? ¿Que cuáles yerbas un carajo muchacho pendejo?
¿Conseguí o no conseguí los reales? Fue una magia arrecha chamo. Bueno, gordo
¿Quieres que te cuente o no? Primero te quedas como mudo ahí acostadote, y
ahora te pones grosero. No interrumpas entonces, que se me puede olvidar. Ahhh
¿te asustaste?.
Te lo pude haber dicho antes, por
vainas mías quise ocultarte algo. Una vez me puse a analizar la amistad que
tenemos, y sentí como si yo fuera el chorrito mal cerrado de casa e` Petoyo.
Una vieja tubería que cada veinte segundos deja caer una gota en la ponchera
que recibe el agua derramada. Todos los días igual, una gota, otra gota, y el
recipiente cada vez más lleno... Detallar nuestra amistad era asomarme y ver -
en el agua que ya estaba por desbordarse- algo parecido a mi existencia. Cada
párrafo de mi memoria vertido ahí. Esa ponchera eres tú mi hermano. Conoces
cada partícula de mis andanzas, el rizoma irreverente de mis sueños, y asimismo
entiendes –como pocos- que cuando digo “mis sueños” no lo refiero cual si fuera
una parcela de mi exclusiva propiedad, si no al valor de comulgar en un
multiverso de infinitos y diversos quereres que me ayudaste a visualizar;
conoces el peso temerario de mis malcriadeces, la proyección de mis temores más
insospechados. Como eso de contarte mis inicios lascivos con mi segunda novia,
y las torpezas y animalidad que uno se descubre en tales acontecimientos. Me
aconsejabas que la acariciara mucho, que la besara sosegadamente y sin treguas
.- háblale al oído con
sutileza y hazla sentir segura, avanza poco a poco, no fuerces nada Leonel-.
Y por ahí te ibas, en un discurso orientador con tono de catequista poético que
incluía devaneos por la Vía láctea, contar y reconstruir una a una las
escalinatas de Machu Picchu, y el goce de desnudar la luna con manos de
alquimista obrero; y yo a veces no entendía tanta divagación esotérica, me
perdía en la constelación de Orión, en eso de saltarán
miles de trizas de placer al ver las estrellas de sus cuerpos en desbandada,
si lo que yo quería eran unas pistas para hacer el amor bien bonito con mi
novia…
Juntos escribimos nocturnas pintas
“subversivas” en las paredes de Propatria, gordo admítelo, te arrechabas cuando
te decía que la gente al leer tus pintas iba a pensar que nuestra lucha no era
de clases si no antiestética. Picado respondías que yo escribía como una jeva, o me reclamabas que mi letra ese al
final de las oraciones parecía un signo de interrogación que cambiaba el sentido
de los textos… También fuiste cómplice de mi primera borrachera. Aquella noche
cuando celebrábamos tu fuga del autobús de la recluta. Siempre decías.-el
servicio militar es para los pendejos más pendejos.- y aquella noche llegaste al Barrio más
vehemente que nunca, preguntándome a gritos.- ¿No
te dije que el cuartel es para los pendejos?-. Traías una botella de ron sin
destapar. Con refresco de cola y limón la consumimos, mientras me enteraba de
los detalles de tu osadía, luego nos procuramos otra. El colofón de mi primera
rasca, con apenas dieciséis años, tuvo un madrugador y nada peculiar ataque de
nauseas, en el que sentí por primera vez el jugo de la bilis quemándome la
garganta… Esas cosas, entre tantas otras, sólo tú las sabes. De la misma forma
que tú me entregaste la llave del archivo histórico de tus peos y alegrías.
Bueno, pana, te decía –aunque tú lo
sabes- que mientras más se acercaba el sábado más tensos nos poníamos, pues
estábamos cortos de simones. Con veintisiete chamos preguntando a cada rato que
si en el cerro hay monos, que si cuántas horas vamos a caminar, que si las
culebras esto, que si el agua lo otro; y todas esas vainas que los chamos
preguntan. Claro, ellos no sabían que nos faltaban mil quinientos bolos, y
tampoco se lo íbamos a decir... Sabes
que no hubo tal acto de magia, lo que nos salvó fue una travesura que ahora te
voy a develar. Imagina que ya le quitamos el empaque a tu regalo, ahora viene
lo de adentro. Dos días antes del paseo, es decir el jueves, a golpe de seis,
seis y media, mi vieja -que es una jugadora clandestina de
terminales de lotería- me pidió que le comprara: .-el 37 x 10 para Táchira mi’jo,
mire que anoche soñé que estaba lavando unas sábanas blancas y si uno sueña con
sábanas debe jugarse el siete seis, pero si son blancas es fijo que sale el
tres siete-. Salí con el
número anotado en un pedazo de papel de bolsa. Apenas bajé las escaleras le di
inicio a la eterna maña que tengo de cambiar las cosas de sitio. Ese juego que
hago sin querer, quedándome en silencio, riéndome solo y poniendo cara de loco
según me dices tú. Empecé a mover los números para allá y para acá, a restarlos
entre sí, a sumarlos, a imaginarlos en la camiseta de algún jugador de
Guaiqueríes. 7 + 3: 10, 10 – 3: 7, 7 x 3: 21, 21- 7: 14… Las cifras que surgían
del involuntario entretenimiento matemático formaron un espiral que se estiraba
y se encogía en el torbellino de mi pensamiento. De tanto trasegar llevaba un
enredo en la cabeza. Cuando salté la alcantarilla que está antes de llegar al
kiosco de loterías, el papelito con el número anotado se me cayó por entre las
ranuras y pasó a formar parte del vapor fétido que sale de ahí. Mientras hacía
la colita para pedir el terminal trataba de recordar el número. En el
movimiento final que hice en la mente apareció el 42, por un impulso de último
instante decidí comprarlo y no regresarme a verificarlo con la vieja. Mi madre dedujo que yo
guardaba el talón que entrega la vendedora de terminales y no me comentó
nada...
El viernes, después que llegamos
del trabajo, sacábamos otra vez las cuentas a ver si le quitábamos algo a la
lista. Ya no hallábamos de donde escamotear más. Me decías: .-Si en vez de comprar jamón,
compramos mortadela, nos podemos ahorrar doscientos bolos, y si en el metro
pasamos el torniquete con tres chamos pegaditos, en vez de dos, nos ahorramos
más o menos tanto….- Pero que
va, las cuentas no daban. En eso estábamos cuando tu papá -que también
regresaba de su trabajo- pasó en medio de las escaleras con su acostumbrado
“Meridiano” debajo del brazo. Tal vez con la intención de refugiar mi angustia
en alguna información deportiva le quité prestado el periódico a tu viejo, y
así, de carambola, vi en diagonal a la cara de Omar Vizquel, el listado de los
ganadores del sorteo de la lotería del Táchira, ahí estaba el mismísimo número
42 que ya ni me acordaba “haber jugado”. Un primer premio que vino a darle una
patada por el fundillo a nuestra ansiedad. Me tapé la cara con el periódico, no
fueras a ver en mis ojos la emoción. Para tratar de controlar la exaltación,
ensayé una mutación silenciosa. Apreté las nalgas para no soltar la risa y te
dije con voz engolada.-Tranquilo pana. Ya vengo, yo resuelvo eso-. Me fui a cobrar la lotería y en
veintiún minutos estaba de regreso con los reales.
Así fue que conseguí el dinero que
nos permitió hacer el paseo. Ya lo sabes, la gota que faltaba para terminar de
llenar la ponchera es tu regalo. Está demás pedirte que no se lo digas a nadie.
En nuestra hermandad ya no hay operaciones secretas, ni palabras ocultas. Nada
más las del poema que te escribí en el camino antes de llegar hasta aquí, hasta
el borde izquierdo de este callado jardín donde se encuentra el lecho de
cemento en el que permaneces acostado desde hace seis meses, y en el que ahora leo
esa placa en la que tu familia hizo escribir, a manera de epitafio, un
fragmento de esa canción que repetías en el tormento de tus desvelos:
“Su sangre era un poema y abrazo su
corazón...”
Ramón Linares *29-05-66 + 10-11-93
Q.E.P.D.
Es tu día gordo, buen día. Aquí te dejo mis primeros
versos, escondiditos entre los claveles.













