"...el cuento no se ha acabado" Mario Benedetti

"...el cuento no se ha acabado" Mario Benedetti

Crónicas, cuentos, relatos, ensayos, artículos,
experiencias sistematizadas, poesía, fotografías, y canciones acerca de algunos procesos de animación sociocultural y educación popular de Catia, Caracas, Venezuela, Latinoamérica y el mundo...

viernes, 25 de mayo de 2012

Un regalo



Coño gordo estoy limpio. No tengo ni pa’ una guarapita. Otra vez tu cumpleaños me encontró con los bolsillos vacíos. Creo que en mi cartera se consolida, gobierno tras gobierno, el hábito de pelar bolas. Ah si, ya me vas a venir con aquello de que mi amistad es suficiente regalo. Nos joda gordo, no me vengas con vainas, tú para tomar curda celebras hasta por que se le haya quitado la lechina a algún vecino, o te auto-proclamas padrino de los perritos callejeros recién nacidos… El año pasado lo festejamos con un par de birras y una bolsa de plátanos fritos para los dos, porque tampoco teníamos reales, tuvimos que esperar la quincena siguiente para desquitarnos esa en el Choy Nang del centro comercial Propatria: lumpias, arroz frito con camarones y birras por montón. Pero esta vez no me alcanza ni pa’ una carterita de anís.

Me hubiese gustado que nos fuéramos por ahí con las muchachas. Tal vez pudimos celebrarlo en el Junquito. Compraría un kilo de cochino frito con sus morcillitas y después, a manera de torta, unos golfeados con queso de mano. ¿Que qué? ¿Exagero? ¡Debe ser que tu cumpleaños no se merece un buen agasajo! Hasta unas cachapas bien resueltas y una botella de brandy habría pedido… Si supieras hermano, como siempre me dices que experimente escribir versos porque según tú tengo “alma de poeta”, al pensar en tu día hasta lírico me he puesto. Como un regalo para ti, hoy he estado escribiendo un poema, se llama Códice del hombre errante. Estuve tentado a escribir otro que titularía Preguntas al bello durmiente, pero sé que te ibas a arrechar, y hoy no es día para que andes de mal ánimo. No creo que te lo entregue, gordo. De repente te lo leo más tarde, además no sé si está bien rimado y tú eres muy quisquilloso con eso. Mejor me invento otra cosa. Tiene que ser un regalo de esos que no precisan de envoltorios, ni tarjetas con el pavoso mensaje “Feliz cumpleaños” en letras góticas doradas. ¿Qué puede ser hermano? Si, ya sé que no me vas a responder, cada vez me cuesta más conversar contigo. ¡Ah! Listo, ya lo tengo, te voy a regalar un secreto.

Fue hace tres años. Empezaban las vacaciones escolares y quisimos que los chamos del Barrio conocieran el Ávila. Debes recordar que reunir la plata para cubrir los gastos supuso un esfuerzo enorme. Como a nueve o diez carajitos les daban permiso pero no dinero, y a otros les daban menos de la contribución que pedíamos. El tiempo pasaba y ya no sabíamos a quien pedirle prestado. Siempre te dije que en medio de la angustia inventé un conjuro para encontrar los reales. Esa fue mi evasiva para ocultarte la realidad. Nunca te dije de qué yerbas estaban hechas mis palabras ¡Ah bueno! ¿Ahora me vas a insultar? ¿Que cuáles yerbas un carajo muchacho pendejo? ¿Conseguí o no conseguí los reales? Fue una magia arrecha chamo. Bueno, gordo ¿Quieres que te cuente o no? Primero te quedas como mudo ahí acostadote, y ahora te pones grosero. No interrumpas entonces, que se me puede olvidar. Ahhh ¿te asustaste?.

Te lo pude haber dicho antes, por vainas mías quise ocultarte algo. Una vez me puse a analizar la amistad que tenemos, y sentí como si yo fuera el chorrito mal cerrado de casa e` Petoyo. Una vieja tubería que cada veinte segundos deja caer una gota en la ponchera que recibe el agua derramada. Todos los días igual, una gota, otra gota, y el recipiente cada vez más lleno... Detallar nuestra amistad era asomarme y ver - en el agua que ya estaba por desbordarse- algo parecido a mi existencia. Cada párrafo de mi memoria vertido ahí. Esa ponchera eres tú mi hermano. Conoces cada partícula de mis andanzas, el rizoma irreverente de mis sueños, y asimismo entiendes –como pocos- que cuando digo “mis sueños” no lo refiero cual si fuera una parcela de mi exclusiva propiedad, si no al valor de comulgar en un multiverso de infinitos y diversos quereres que me ayudaste a visualizar; conoces el peso temerario de mis malcriadeces, la proyección de mis temores más insospechados. Como eso de contarte mis inicios lascivos con mi segunda novia, y las torpezas y animalidad que uno se descubre en tales acontecimientos. Me aconsejabas que la acariciara mucho, que la besara sosegadamente y sin treguas .- háblale al oído con sutileza y hazla sentir segura, avanza poco a poco, no fuerces nada Leonel-. Y por ahí te ibas, en un discurso orientador con tono de catequista poético que incluía devaneos por la Vía láctea, contar y reconstruir una a una las escalinatas de Machu Picchu, y el goce de desnudar la luna con manos de alquimista obrero; y yo a veces no entendía tanta divagación esotérica, me perdía en la constelación de Orión, en eso de saltarán miles de trizas de placer al ver las estrellas de sus cuerpos en desbandada, si lo que yo quería eran unas pistas para hacer el amor bien bonito con mi novia…

Juntos escribimos nocturnas pintas “subversivas” en las paredes de Propatria, gordo admítelo, te arrechabas cuando te decía que la gente al leer tus pintas iba a pensar que nuestra lucha no era de clases si no antiestética. Picado respondías que yo escribía como una jeva, o me reclamabas que mi letra ese al final de las oraciones parecía un signo de interrogación que cambiaba el sentido de los textos… También fuiste cómplice de mi primera borrachera. Aquella noche cuando celebrábamos tu fuga del autobús de la recluta. Siempre decías.-el servicio militar es para los pendejos más pendejos.- y aquella noche llegaste al Barrio más vehemente que nunca, preguntándome a gritos.- ¿No te dije que el cuartel es para los pendejos?-. Traías una botella de ron sin destapar. Con refresco de cola y limón la consumimos, mientras me enteraba de los detalles de tu osadía, luego nos procuramos otra. El colofón de mi primera rasca, con apenas dieciséis años, tuvo un madrugador y nada peculiar ataque de nauseas, en el que sentí por primera vez el jugo de la bilis quemándome la garganta… Esas cosas, entre tantas otras, sólo tú las sabes. De la misma forma que tú me entregaste la llave del archivo histórico de tus peos y alegrías.

Bueno, pana, te decía –aunque tú lo sabes- que mientras más se acercaba el sábado más tensos nos poníamos, pues estábamos cortos de simones. Con veintisiete chamos preguntando a cada rato que si en el cerro hay monos, que si cuántas horas vamos a caminar, que si las culebras esto, que si el agua lo otro; y todas esas vainas que los chamos preguntan. Claro, ellos no sabían que nos faltaban mil quinientos bolos, y tampoco se lo íbamos a decir... Sabes que no hubo tal acto de magia, lo que nos salvó fue una travesura que ahora te voy a develar. Imagina que ya le quitamos el empaque a tu regalo, ahora viene lo de adentro. Dos días antes del paseo, es decir el jueves, a golpe de seis, seis y media, mi vieja -que es una jugadora clandestina de terminales de lotería- me pidió que le comprara: .-el 37 x 10 para Táchira mi’jo, mire que anoche soñé que estaba lavando unas sábanas blancas y si uno sueña con sábanas debe jugarse el siete seis, pero si son blancas es fijo que sale el tres siete-. Salí con el número anotado en un pedazo de papel de bolsa. Apenas bajé las escaleras le di inicio a la eterna maña que tengo de cambiar las cosas de sitio. Ese juego que hago sin querer, quedándome en silencio, riéndome solo y poniendo cara de loco según me dices tú. Empecé a mover los números para allá y para acá, a restarlos entre sí, a sumarlos, a imaginarlos en la camiseta de algún jugador de Guaiqueríes. 7 + 3: 10, 10 – 3: 7, 7 x 3: 21, 21- 7: 14… Las cifras que surgían del involuntario entretenimiento matemático formaron un espiral que se estiraba y se encogía en el torbellino de mi pensamiento. De tanto trasegar llevaba un enredo en la cabeza. Cuando salté la alcantarilla que está antes de llegar al kiosco de loterías, el papelito con el número anotado se me cayó por entre las ranuras y pasó a formar parte del vapor fétido que sale de ahí. Mientras hacía la colita para pedir el terminal trataba de recordar el número. En el movimiento final que hice en la mente apareció el 42, por un impulso de último instante decidí comprarlo y no regresarme a verificarlo con la vieja. Mi madre dedujo que yo guardaba el talón que entrega la vendedora de terminales y no me comentó nada...

El viernes, después que llegamos del trabajo, sacábamos otra vez las cuentas a ver si le quitábamos algo a la lista. Ya no hallábamos de donde escamotear más. Me decías: .-Si en vez de comprar jamón, compramos mortadela, nos podemos ahorrar doscientos bolos, y si en el metro pasamos el torniquete con tres chamos pegaditos, en vez de dos, nos ahorramos más o menos tanto….- Pero que va, las cuentas no daban. En eso estábamos cuando tu papá -que también regresaba de su trabajo- pasó en medio de las escaleras con su acostumbrado “Meridiano” debajo del brazo. Tal vez con la intención de refugiar mi angustia en alguna información deportiva le quité prestado el periódico a tu viejo, y así, de carambola, vi en diagonal a la cara de Omar Vizquel, el listado de los ganadores del sorteo de la lotería del Táchira, ahí estaba el mismísimo número 42 que ya ni me acordaba “haber jugado”. Un primer premio que vino a darle una patada por el fundillo a nuestra ansiedad. Me tapé la cara con el periódico, no fueras a ver en mis ojos la emoción. Para tratar de controlar la exaltación, ensayé una mutación silenciosa. Apreté las nalgas para no soltar la risa y te dije con voz engolada.-Tranquilo pana. Ya vengo, yo resuelvo eso-. Me fui a cobrar la lotería y en veintiún minutos estaba de regreso con los reales.

Así fue que conseguí el dinero que nos permitió hacer el paseo. Ya lo sabes, la gota que faltaba para terminar de llenar la ponchera es tu regalo. Está demás pedirte que no se lo digas a nadie. En nuestra hermandad ya no hay operaciones secretas, ni palabras ocultas. Nada más las del poema que te escribí en el camino antes de llegar hasta aquí, hasta el borde izquierdo de este callado jardín donde se encuentra el lecho de cemento en el que permaneces acostado desde hace seis meses, y en el que ahora leo esa placa en la que tu familia hizo escribir, a manera de epitafio, un fragmento de esa canción que repetías en el tormento de tus desvelos:
“Su sangre era un poema y abrazo su corazón...”
Ramón Linares *29-05-66 + 10-11-93
Q.E.P.D.

Es tu día gordo, buen día. Aquí te dejo mis primeros versos, escondiditos entre los claveles.